SOS Global

La oración: Su naturaleza y su técnica

octubre 3, 2021

Dirigiéndose a la audiencia global en línea reunida hoy para la 74ª Meditación Global a Distancia, Sant Rajinder Singh Ji Maharaj habló de cómo podemos comunicarnos con Dios. Durante siglos, la humanidad ha recurrido a la oración cuando se han agotado todos los esfuerzos. No importa el idioma, la tradición o la cultura en la que se ofrezca, la oración es un reconocimiento de que hay un Poder Superior que puede hacer más que nosotros.

Tanto si oramos para nosotros mismos como si pedimos algo en nombre de otro, las oraciones suelen centrarse en la consecución de logros materiales de este mundo físico. Esto se debe a que el mundo físico es lo que conocemos. Entonces, ¿por qué deberíamos orar? Como humanos, el conocimiento de la vida y del mundo que nos rodea es limitado. Dios, sin embargo, conoce nuestro pasado, presente y futuro y como tal sabe lo que es mejor para cada uno. Nuestra oración a Dios debiera ser simplemente para que Su voluntad y no la nuestra, se cumpla en nuestras vidas.

¿Cuál es la técnica correcta para orar a Dios? Los santos nos enseñan que el alma que llevamos dentro es una gota del Océano de Dios. Hay una parte de Dios que reside ya dentro de nosotros y la oración entonces pasa a ser una comunicación con ese Poder divino que reside dentro. Dios escucha nuestras oraciones sin importar el idioma en que se pronuncien. Lo que importa es la sinceridad con la que se ofrecen. Cuando nos acercamos a Dios con humildad, como una copa vacía, desprovista de ego y de nuestras propias ideas sobre lo que creemos es lo mejor y cuando nos rendimos a la Voluntad de Dios, podemos estar seguros de que la paz, el amor, la alegría y la armonía prevalecerán.

La oración es una conversación en la que le hablamos a Dios. En cambio, la meditación es una conversación en la que escuchamos a Dios y nos abrimos a Su gracia en nuestras vidas. A medida que aprendemos la técnica de la meditación, aprendemos los medios para comunicarnos con Dios de la manera correcta, de tal modo nos convertimos en receptores de la gracia ilimitada que Dios derrama en nuestra dirección.