Primero, amar a Dios
Esta existencia humana nos fue dada para un propósito sagrado. Al final de la vida, lo que cuenta no es la riqueza material acumulada ni la fama alcanzada. Lo que cuenta no son los problemas que resolvimos ni los desafíos que superamos. Lo que importa es cómo vivimos nuestra vida. ¿Tuvimos una visión positiva de ella? ¿Aportamos alegría y humor a quienes nos rodean? ¿Nos entregamos para ayudar a otros y compartimos su dolor? ¿Ayudamos a los demás a ver la bondad en ellos mismos? Y lo más importante, ¿fuimos amorosos?
Para llevar nuestra vida como debiéramos, primero necesitamos experimentar el amor. Toda la bondad nace del amor y cuando uno ama, la paz, armonía y alegría aparecen automáticamente. El más verdadero de todos los amores reside dentro de nosotros. Es el amor de Dios, el amor del Creador que originó toda la creación. Dios nos ama tremendamente, pero no experimentamos Su amor porque nuestra atención está centrada en las atracciones y distracciones del mundo exterior. Cuando a través del proceso de meditación retiramos la atención del mundo y la centramos dentro, experimentamos la dicha y la alegría del amor de Dios. Al impregnarnos de este amor transformador y divino, nosotros mismos nos convertimos en el amor. Nos damos cuenta de nuestra conexión con todas las formas vivientes y reconocemos que todos no son más que una extensión de nosotros mismos. Vivimos para servir a nuestros semejantes.
El amor de Dios también nos vuelve divinos y nos hace inculcar las virtudes éticas en nuestra vida. La veracidad, no violencia, compasión y humildad llegan a ser parte de nosotros. El ego se disipa cuando abrazamos la unidad de la creación de Dios. Si experimentamos Su amor, nos convertimos en un medio para este amor, ya que desde nosotros se irradia a todos los que están en nuestra órbita. Entonces, ese amor se nos regresa, porque todos los demás nos lo devuelven.
Cuando el amor se convierte en la piedra angular de nuestras vidas, vivimos como se debe vivir, dijo el Maestro espiritual. La vida se vuelve pacífica, tranquila, alegre y gratificante y nuestro progreso hacia Dios sucede a pasos agigantados.