Somos parte de un todo mayor
Si miramos el cuerpo humano, nos damos cuenta de que cuando alguna de sus partes se lesiona o tiene dolor, todo el cuerpo se ve alterado. Todas las partes del cuerpo deben trabajar en armonía para que este funcione correctamente. Existe el principio de que el todo es mayor que la suma de sus partes. Constatamos este principio cuando observamos el mundo que nos rodea. Los diferentes ciclos de la naturaleza ponen de manifiesto la importancia de la interdependencia y demuestran cómo toda la Creación fue diseñada para trabajar conjuntamente en armonía. Cuando interrumpimos estos ciclos por el aprovechamiento excesivo de los recursos de la tierra, inevitablemente rompemos las leyes de la naturaleza y eso que conduce a la desarmonía y la devastación. Cuando esto ocurre, la naturaleza se cobra su precio, como lo demuestra el reciente aumento de la temperatura global que se siente en todo el mundo. Los santos y Maestros espirituales nos recuerdan que no hemos sido creados para estar solos ni para pensar que estamos separados de los demás. Ya sea que nos demos cuenta o no, somos parte de un todo mayor y cada uno tiene un papel que desempeñar. Si elegimos estar separados de los demás, adoptamos una vida de dualidad que nos lleva a experimentar confusión y malestar. En cambio, cuando aceptamos nuestra unidad y la celebramos, damos pasos hacia nuestra propia felicidad, así como el bienestar de la totalidad, la creación de Dios. ¿Cómo aceptar nuestra unidad si nos vemos y sentimos diferentes de todos los que nos rodean? Aquí radica la importancia de experimentar lo que está más allá de lo físico, dijo el Maestro espiritual. Podemos tener esta conciencia al meditar, cuando nos sentamos en silencio, retiramos la atención del mundo exterior y nos centramos en los mundos espirituales internos. Al meditar, nos conectamos con el amor y la Luz de Dios dentro de nosotros mismos. Despertamos a la naturaleza espiritual, que es nuestra verdadera esencia. Al reconocer nuestra alma como parte de Dios, también reconocemos la misma chispa de Dios en los demás. Poco a poco, comprendemos que, en el fondo, todos somos lo mismo; esto nos ayuda a aceptar nuestra unidad. Pasamos de un mundo de dualidad a un mundo de unidad. Así como vemos nuestro cuerpo como un todo, empezamos a ver la Creación entera como un todo que se mueve armoniosamente. La meditación nos impulsa a hacer nuestra parte para mantener la armonía en el mundo. Cuando experimentamos el amor de Dios, este amor nos envuelve, nos colma y nos cautiva. Embellece todo lo que nos rodea y contribuimos al funcionamiento armonioso del mundo, al compartir este amor con todos los que nos rodean.














